Gangplank,
el Azote de los Mares
“Yo
ya degollaba gente y hundía galeras de guerra noxianas cuando tú
todavía mojabas los bombachos, marinerito. No querrás enfrentarte a
mí”.
Impredecible
y brutal, el destronado rey de los saqueadores a quien todo el mundo
conoce como Gangplank es temido a lo largo y ancho del mundo. Doquier
que dirija sus negras velas, muerte y ruina habrán de acompañarlo,
pues tal es su mala reputación que la mera visión de su insignia en
el horizonte pone a temblar hasta al marino más curtido.
Gangplank
hizo fortuna abusando de las rutas comerciales de los Doce Mares, y
así se ganó muchos enemigos poderosos. En Jonia, provocó la ira de
la mortífera Orden de la Sombra tras saquear el Templo del Cuchillo
Dentado y hasta se dice que el mismísimo gran general de Noxus juró
ver a Gangplank hecho pedazos, luego de que este le robara
el Leviatán,
el buque de guerra personal de Swain y el orgullo de la flota
noxiana.
Aunque
Gangplank ha provocado la ira de muchos, nadie ha podido llevarlo
ante la justicia, a pesar de los asesinos, cazarrecompensas y flotas
enteras que han mandado tras él. Ver la creciente cantidad de
recompensas que ofrecen por su cabeza le produce un despiadado placer
y se asegura de pegar los avisos en el tablón de los más buscados
de Aguasturbias, para que todos los vean siempre que regresa al
puerto con su barco lleno de tesoros.
En
épocas más recientes, Gangplank fue derrotado por obra de la
cazarrecompensas llamada Miss Fortune. Destruyó su barco con todo
Aguasturbias como testigo, mató a su tripulación y destrozó su
aura de invencibilidad. Viéndolo vulnerable, las pandillas de
Aguasturbias se alzaron contra él, peleando entre ellas por el
dominio de la ciudad portuaria.
A
pesar de quedar horriblemente herido en la explosión, Gangplank
logró sobrevivir. Portando una serie de cicatrices nuevas y con un
nuevo brazo metálico en lugar del amputado, está más que
determinado a recuperar sus fuerzas, reclamar lo que considera por
derecho suyo y castigar sin compasión a todo aquel que se vuelva en
su contra.
El
enorme capitán de guerra noxiano se estremeció y dejó caer su
hacha cuando Gangplank lo apuñaló profundamente en las entrañas
con su sable. La sangre salía a borbotones de la tatuada boca del
guerrero mientras recitaba una maldición nunca antes oída.
Gangplank
sacó su sable con desdén y empujó al moribundo hombre a la
cubierta. Su pesada armadura hizo un estruendo cuando colapsó. Su
sangre se mezclaba con el agua que caía sobre la cubierta frontal de
la galera de guerra. El casco pintado de negro del barco de Gangplank
se cernía sobre la otra nave, hasta quedar unidas con ganchos y
cuerdas de abordaje.
Gangplank
apretaba con fuerza sus dientes negros y dorados, aguantando el
dolor. El noxiano estuvo a punto de derrotarlo. Aun así, se rehusó
a demostrar debilidad frente a su tripulación y sonrió con mucho
esfuerzo.
El
viento y la lluvia chocaban contra su cuerpo, y giró para echarle un
vistazo al resto de los noxianos. Había declarado un duelo mortal
contra el capitán enemigo, y ahora que había ganado, su espíritu
de lucha se habían esfumado.
—Este
barco me pertenece —rugió Gangplank, tan fuerte que se escuchó
incluso en medio de la fuerte ventisca—. ¿Hay alguien que tenga
algo que decir al respecto?
Uno
de los noxianos, un enorme guerrero con tatuajes en el rostro y
vestido con una armadura con pinchos, miró furiosamente a Gangplank:
—Somos
hijos de Noxus —vociferó—. ¡Cualquiera de nosotros moriría con
orgullo antes de dejar que alguien de tu calaña se apodere de
nuestro barco!
Gangplank
frunció el ceño y luego encogió los hombros.
—Muy
bien —dijo y se dio la media vuelta.
Gangplank
mostró a su tripulación una cruel sonrisa.
—Mátenlos
a todos —rugió—. ¡Y préndanle fuego a su barco!

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